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Jesús mismo lo dijo con claridad: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogarla, sino para cumplirla" (Mateo 5:17, RVR1960). Pero, esto no significa que está vigente como muchos malinterpretan. Este es uno de los versículos más citados por quienes sostienen que la ley mosaica sigue vigente en su totalidad. Y si tomas este versículo aisladamente del Nuevo Testamento, harás una mala exégesis como lo hacen los cristianos que están cayendo en el judaísmo.
La palabra clave en Mateo 5:17 no es abrogar sino cumplir. Y cuando algo se cumple, su propósito llega a su fin.
La ley tenía un propósito claro y un límite preciso
¿Cuál era el propósito y cuánto tiempo duraría? La carta a los Gálatas no podría ser más directa. El apóstol Pablo escribe: "De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo el ayo" (Gálatas 3:24-25, RVR1960).
El término griego paidagogos —traducido aquí como "ayo"— no era el maestro, sino el esclavo que acompañaba al niño hasta la escuela y luego volvía a casa. Su función era transitoria, no permanente. Cumplida su misión, su rol terminaba. Así es exactamente como Pablo describe la función de la ley: fue diseñada para conducir a Israel hasta Cristo. Cuando Cristo llegó, el ayo cumplió su encargo.
Esto no significa que la ley fuera mala. El mismo Pablo pregunta: "¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera" (Gálatas 3:21). La ley fue santa, justa y buena, pero imperfecta (Romanos 7:12). Pero, fue dada para una etapa específica en el plan de Dios, no como la palabra final.
Hebreos: el argumento más completo
La epístola a los Hebreos es el Evangelio para los hebreos, es la manera más profunda de enseñarles el cumplimiento de Cristo Jesús y la Ley. Es el tratado más detallado del Nuevo Testamento sobre la relación entre la ley mosaica y el nuevo pacto. Su argumento avanza con una lógica impecable y es por eso que muchos cristianos no lo entienden.
Primero, el sacerdocio. La ley levítica estaba construida sobre el sacerdocio de Aarón. Pero Cristo es sacerdote "según el orden de Melquisedec" (Hebreos 5:10), es un sacerdocio anterior, superior y eterno al de Aarón y Levi. El texto concluye lo inevitable: "Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley" (Hebreos 7:12, RVR1960). Esto no es la opinión teológica del autor sino la conclusión de una consecuencia lógica expuesta en este evangelio apologético.
Segundo, el pacto. "Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer" (Hebreos 8:13, RVR1960). El nuevo pacto no es una versión mejorada del antiguo. Es totalmente nuevo. Es cualitativamente diferente, como el mismo texto lo explica citando a Jeremías 31:31-34. Las leyes escritas en tablas de piedra ceden lugar a la ley escrita en el corazón, administrada por el Espíritu Santo.
Tercero, el sacrificio. El sistema levítico de los sacrificios eran sombras, no la realidad. "Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan" (Hebreos 10:1, RVR1960). Cristo se ofreció "una vez para siempre" (Hebreos 10:10), lo que hace imposible —y contradictorio— volver a un sistema de sombras cuando ya tenemos la realidad cumplida en el Mesías (Cristo).
¿Qué hay del sábado y las fiestas?
Pablo trata este punto directamente en su carta a los Colosenses: "Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo" (Colosenses 2:16-17, RVR1960).
Las fiestas de Israel —Pascua, Pentecostés, Tabernáculos, el sábado mismo— eran sombras proféticas que apuntaban a Cristo. La Pascua apuntaba a su muerte. Pentecostés, al derramamiento del Espíritu. El sábado apuntaba al reposo que encontramos en él (Hebreos 4:9-10). Exigir que el creyente observe esas sombras después de que la realidad ha llegado es como insistir en mirar la sombra de alguien ignorando a la persona que está de pie frente a usted.
En Gálatas, Pablo va aún más lejos con quienes imponían estas observancias sobre los creyentes gentiles: "Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros" (Gálatas 4:10-11, RVR1960).
¿Y la ley moral? ¿El mandamiento de amar?
El creyente no vive en un vacío moral. El Espíritu Santo es precisamente quien cumple en nosotros lo que la ley pedía pero no podía producir (Romanos 8:3-4), porque era imperfecta para seres imperfectos. Los principios morales que la ley reflejaba —porque revelaban el carácter de Dios— no desaparecen. El amor a Dios y al prójimo, que Jesús identificó como el fundamento de toda la ley (Mateo 22:37-40), sigue siendo la norma del creyente. Pero no como observancia legal, sino como fruto del Espíritu y respuesta al amor de Cristo.
El creyente no roba porque la ley lo prohíba. No roba porque el Espíritu ha transformado su corazón. No es lo mismo vivir bajo la amenaza de una ley que vivir desde el amor que esa ley nunca pudo producir.
¿Y qué pasa con Israel ahora?
Esta sí es una pregunta legítima y merece honestidad bíblica. Israel como nación sigue en un proceso que la Escritura describe como ceguera parcial: "Hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles" (Romanos 11:25, RVR1960). Muchos judíos observan la ley de Moisés como identidad nacional y religiosa. Pero, el Nuevo Testamento es claro: la salvación de Israel, como la de cualquier persona, no llega por la observancia de la ley sino por la fe en Jesús el Mesías (Romanos 10:1-4).
La ley de Moisés fue dada específicamente a Israel como nación (Deuteronomio 5:3). Nunca fue diseñada para los gentiles o la iglesia, y su plena vigencia siempre estuvo ligada a la presencia del templo, el sacerdocio y la tierra. Hoy, sin templo, sin sacrificios y con el sacerdocio de Cristo establecido, incluso desde una perspectiva estrictamente judía, observar la ley en su plenitud es literalmente imposible.
Conclusión
Sí has llegado hasta aquí, entiendes claramente que Jesús cumplió la ley. No la abolió: la llevó a su destino. De manera que, como la semilla que muere para convertirse en árbol (Juan 12:24), el antiguo pacto fue glorioso en su tiempo, pero cedió lugar a algo incomparablemente mayor, un nuevo pacto para nuevas criaturas.
Regresar a las sombras cuando la Ley se ha cumplido, cuando la realidad ha llegado en Cristo Jesús, no es fidelidad bíblica. Los judíos no creyentes en Jesús por eso lo hacen esperando al Mesías, nosotros ya lo tenemos y hemos recibido el nuevo pacto en nuestros corazones.
También entendemos que vivir bajo el nuevo pacto no es vivir sin ley. Porque ahora viven en nuestro corazón, por el cual en su amor no queremos pecar. Eso es libertad. No libertad para pecar, sino liberados del pecado.
"Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres". (Juan 8:36, RVR1960)
