Pocos temas generan más debate dentro del cristianismo que el diezmo. Hay quienes lo defienden como mandato eterno e irrenunciable. Hay quienes lo descartan como reliquia del Antiguo Testamento. Y hay quienes simplemente evitan la conversación. La Biblia, sin embargo, tiene más que decir sobre este tema de lo que cualquiera de esas posiciones reconoce.
Antes de la ley: el diezmo ya existía
El primer dato que sorprende a muchos es que el diezmo no nació con Moisés. Aparece en la Biblia siglos antes de que Israel existiera como nación.
Abraham entregó los diezmos de todo a Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo, después de la batalla en la que rescató a Lot (Génesis 14:18-20). No fue un mandato. Fue un acto espontáneo de reconocimiento a Dios a través de su sacerdote. Décadas después, Jacob hizo un voto: "De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti" (Génesis 28:22, RVR1960). Tampoco había ley que lo exigiera.
Esto es teológicamente significativo. El diezmo como principio de reconocimiento de la soberanía de Dios sobre todo lo que el ser humano posee antecede a la ley mosaica. No es invención de Moisés.
El diezmo en la ley: no era uno, eran tres
Cuando Dios instituyó el diezmo formalmente en el Sinaí, estableció un sistema que la mayoría de los cristianos desconoce por completo. No había un solo diezmo. Había tres, con propósitos distintos.
El primero era el diezmo levítico: la décima parte de las cosechas y el ganado se destinaba al sostenimiento de los levitas, quienes no recibieron herencia territorial en Canaán porque su herencia era el Señor mismo (Números 18:21-24).
El segundo era el diezmo de las fiestas: una décima parte adicional se apartaba anualmente para ser consumida en Jerusalén durante las celebraciones religiosas, sosteniendo la adoración comunitaria del pueblo (Deuteronomio 14:22-27).
El tercero era el diezmo para los pobres: cada tres años, los excedentes se almacenaban en las ciudades para proveer a los extranjeros, huérfanos y viudas (Deuteronomio 14:28-29). Era el componente de justicia social del sistema.
Sumados, estos diezmos superaban con creces el diez por ciento anual. Y funcionaban como un sistema integral: sostenimiento del sacerdocio, financiamiento de la adoración y red de protección para los más vulnerables.
A esto se añade un cuarto elemento que casi nunca se menciona: el diezmo de los diezmos. Los levitas, que recibían el diezmo del pueblo, tenían a su vez la obligación de entregar una décima parte de lo recibido para el sostenimiento de los sacerdotes (Números 18:26-28). Nadie quedaba fuera del principio. Ni siquiera quienes vivían del diezmo ajeno.
Malaquías: la advertencia más citada y menos entendida
"Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos" (Malaquías 3:10, RVR1960).
Este versículo se cita constantemente en contextos de enseñanza sobre el diezmo, y con razón: es la única vez en toda la Escritura que Dios invita a ser probado. Pero, su contexto es Israel bajo el pacto mosaico, en una situación de infidelidad nacional sostenida. La promesa de bendición está enmarcada en ese pacto específico, no como fórmula universal de prosperidad aplicable a cualquier creyente en cualquier época.
Leerlo bien no lo hace menos poderoso. Lo hace más honesto.
Jesús y el diezmo: lo que dijo y lo que no dijo
Jesús mencionó el diezmo una sola vez de manera directa. Fue para reprender a los fariseos, no para abolirlo ni para consagrarlo como norma cristiana: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello" (Mateo 23:23, RVR1960).
Jesús no cuestionó el acto de diezmar. Cuestionó la desproporción entre la meticulosidad ritual y la indiferencia moral. Vivía bajo la ley y la cumplía. Pero, su énfasis estaba siempre en el corazón detrás del acto, no en el acto mismo.
El Nuevo Testamento: de la obligación al principio
El Nuevo Testamento no establece el diezmo como mandato explícito para la iglesia. Pero tampoco lo descarta como si la generosidad fuera opcional. Lo que hace es elevar el estándar.
Pablo no fijó un porcentaje. Fijó una actitud: "Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre" (2 Corintios 9:7, RVR1960). Y estableció con claridad el principio de sostenimiento para quienes sirven en el ministerio: "Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio" (1 Corintios 9:14, RVR1960).
El nuevo pacto no rebaja la generosidad; la interioriza. Ya no es ley escrita en tabla de piedra. Es disposición del corazón transformado por el Espíritu.
Conclusión
El diezmo como sistema legal mosaico fue parte de un pacto que Cristo cumplió. Pero, el principio que lo precede y lo sostiene —que todo pertenece a Dios y que su pueblo lo reconoce con sus recursos— no desapareció con la cruz. Se profundizó.
El creyente que diezma por obligación ha entendido poco. El que no da nada ha entendido menos. El que da con gozo, con proporción y con propósito ha captado lo que ni la ley ni sus críticos lograron decir del todo bien.
"Cada uno dé como propuso en su corazón" (2 Corintios 9:7, RVR1960). Ahí está la norma. Y es más exigente que cualquier porcentaje.
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