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Cada vez más cristianos (y no son adventistas) están procurando no realizar cualquier actividad extra el sábado, o evitando todo lo posible cualquier actividad física por asuntos espirituales. Alguien les ha dicho que, si no lo guardan, están en pecado y desobediencia a la verdad de Dios. Lo que a muchos les está generando culpa, como si ese argumento fuera verdad. La pregunta, entonces, es directa: ¿qué dice la Biblia sobre el sábado para los cristianos?
El reposo, en la Biblia, no empieza con la ley, sino con Dios mismo. En el relato de la creación se nos muestra que Dios terminó su obra y reposó en el séptimo día (Génesis 2:2-3); su reposo tiene que ver con una obra completa, no con cansancio. Más adelante, la carta a los Hebreos explica: “los que hemos creído entramos en el reposo” y también: “el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas” (Hebreos 4:3, 4:10). Entrar en el reposo de Dios es dejar de confiar en nuestras propias obras para ser aceptados y descansar en lo que Dios ya hizo.
El sábado, en el Antiguo Testamento, fue una señal sólo para Israel dentro del pacto de la ley. Se ordena guardarlo “por pacto perpetuo” como “señal… entre mí y los hijos de Israel” (Éxodo 31:16-17). Ese día marcaba a ese pueblo como distinto de todos los demás pueblos, recordando la creación y la liberación de Egipto (Deuteronomio 5:12-15), y formaba parte de todo un sistema de mandamientos, fiestas y sacrificios.
Bíblicamente hablando, jamás se dijo que el reposo en el sábado tendría una condición universal para todas las naciones, sino como parte de la identidad de Israel bajo el pacto mosaico. Tomar ese mandamiento y aplicarlo a todos los cristianos como si fuera requisito de salvación es sacar el sábado de su contexto y poner sobre la conciencia de muchos una carga que el evangelio no coloca.
En Jesús está nuestro verdadero descanso. Cuando Jesús aparece en la historia, mueve el enfoque del calendario hacia su propia persona. Él invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28-30); no presenta primero un día, sino una relación viva con Él como fuente de descanso profundo. En los evangelios también se muestra como Señor del sábado: “Porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo” (Mateo 12:8; cf. Marcos 2:27-28; Lucas 6:5), corrigiendo las interpretaciones rígidas de sus contémporaneos, la de los expertos de la ley. Hebreos recoge esta verdad y la resume: el creyente entra en el reposo de Dios cuando se rinde a Cristo y deja de apoyarse en su propio esfuerzo para alcanzar justicia delante de Dios (Hebreos 4:9-11).
Toda la estructura mencionada en el Antiguo Testamento: —fiestas, sacrificios, sacerdocio y sábado— funcionaba como sombra de algo mayor: Mesías (o Cristo). Esas cosas apuntaban a Cristo, que es el cuerpo y la realidad a la que esas sombras señalaban (Colosenses 2:16-17). Una vez que esa realidad ha llegado, las sombras ya no pueden ocupar el lugar central.
Quien insista en que, sin guardar el sábado, un cristiano está espiritualmente perdido es lo mismo que decir que lo que Jesús hizo no es suficiente. Eso ya está fuera del verdadero evangelio, porque entonces tendría que invitarle a volver al sistema del antiguo pacto, con sus sacrificios, que fue cumplido de una vez y para siempre en la obra perfecta del Hijo de Dios (Hebreos 8:6-13; 10:1-4).
¿Qué pasa entonces con el domingo y con el descanso semanal? Los primeros cristianos, la primera iglesia, se reunía el primer día de la semana para recordar la resurrección de Jesús y partir el pan (Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2). Con el tiempo, ese día llegó a ser conocido como el “día del Señor” (Apocalipsis 1:10), no como un sustituto del sábado legal o un nuevo sábado, nada de eso. ¿Por qué cree que los apóstoles comenzaron a adorar a Dios el domingo y no el sábado? Porque habían re-aprendido bien lo que Jesús era.
El descanso físico, por otro lado, sigue siendo bueno y necesario: Dios nos creó con necesidad de parar, recargar fuerzas, disfrutar de la familia y buscar momentos de quietud delante de Él. Así que, desde la perspectiva bíblica, cualquier día es bueno par descansar y meditar en Él, no hace necesario convertir ese descanso en el día X una condición para ser salvos.
El problema del mensaje judaizante no está en animar a la gente a descansar, sino en atar la salvación y la pureza espiritual a un día del calendario. Y se entiende que los judíos ortodoxos aún lo sigan viendo así, porque para ellos aún no ha venido el Mesías. Pero, los judaizantes sencillamente están confundidos. Es el mismo disparate que se enfrentó y corrigió en Hechos 15:1, 5.
Hebreos, en cambio, pone énfasis en otro interesante punto: “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado” (Hebreos 4:1). El verdadero peligro no es trabajar un sábado, sino vivir sin entrar en el reposo de Dios por la fe en su hijo.
Conclusiones
La respuesta bíblica, sencilla y contundente, es esta: el sábado fue una señal del pacto con Israel; Jesús es el cumplimiento del reposo prometido; el cristiano puede elegir un día para descansar, pero no está bajo condenación por trabajar un sábado (Romanos 14:5-6; Gálatas 4:9-11).
En Cristo es posible vivir con paz aun en medio de agendas llenas, responsabilidades y presiones, porque el descanso ya no depende de un día que logramos guardar, sino de un Salvador que terminó la obra y no falla (Hebreos 4:14-16). El evangelio no te esclaviza a un calendario; te llama a confiar completamente en Jesús, que prometió “yo os haré descansar” (Mateo 11:28-30) y abrió un camino permanente para entrar en el reposo de Dios.
Juan 14:27 (RV60) La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
