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La frase “Yo te reprendo en el nombre de Jesús, Satanás” es muy común en las oraciones de nuestos días, pero la Biblia, literalmente, no es la más exacta. Lo que sí encontramos es algo distinto: “El Señor te reprenda”. Esa diferencia es pequeña en palabras, pero enorme en cuanto a perspectiva espiritual y bíblica.
La Escritura no nos enseña a confiar en una fórmula, sino en la autoridad del Señor mismo. El problema no es solo de lenguaje; es de quién ocupa el centro de nuestra vida: ¿Cristo o nuestro ego?
En todo caso, el único que puede reprender desde sí mismo es Jesús nuestro Señor y Rey Salvador. Quien tiene un nombre sobre todo nombre, según Filipenses 2:9-11.
Por ejemplo:
Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás, Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. (Zacarías 3:2, RVR60)
Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda. (Judas 1:9, RVR60)
“No se atrevió”, pero a diferencia de nosotros nos atrevemos sin si quiera tener idea de lo que puede repercutir en el mundo espiritual. Miguel, con todo su poder y conocimiento, reconoce sus límites y se refugia en la autoridad del Señor. No se luce ni maldice, no improvisa frases; simplemente se ampara en Dios y deja que el Señor sea quien reprenda.
Todos los cristianos debemos aprender del arcángel Miguel. ¿Qué nos hace pensar que nosotros podemos hablar con ligereza y soberbia espiritual contra autoridades espirituales de maldad en las regiones celestes?
Es verdad que tenemos pasajes donde se nos indica que Cristo vive en nosotros (Gálatas 2:20), es mayor quien está con nosotros (1 Juan 4:4) o Deuteronomio 28:13 y Romanos 16:20, que afirman que Dios nos ha puesto como cabeza y que Él aplastará al enemigo bao nuestros pies... pero todo, Él es el centro, no nosotros.
Judas 1:8 aconseja no seguir cayendo en ese error.
A diferencia de Jesús, textos como Macos 1:25 y Lucas 4:35, vemos que Él reprendía a los demonios, pero no para enseñarnos una fórmula, sino para mostrarnos quién es Él. Jesús no “intenta a ver si funciona”; Él ordena, y los espíritus obedecen. Los demonios tiemblan al sonido de su voz.
Entre los apóstoles, el caso más claro es el de Pablo en Filipos. Una muchacha tenía espíritu de adivinación, y Pablo, molesto por la situación, actúa:
Se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora. (Hechos 16:18, RVR60)
En todo el Nuevo Testamento hay muy pocos momentos donde se enfrenta directamente a un espíritu inmundo, y cuando ocurre, siempre se subraya quién es Jesús, no la habilidad del predicador. Sin embargo, en Hechos, también nos muestra el lado oscuro de este tema: personas que usan la frase como clave secreta, donde Jesús sigue sin ser el centro de su vida. Como los famosos exorcistas ambulantes, los hijos de Esceva:
Pero algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo. (Hechos 19:13, RVR60)
Pero respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois? (Hechos 19:15, RVR60)
Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos, y dominándolos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos. (Hechos 19:16, RVR60)
¿Usaron el nombre correcto? Sí, pero con un corazón equivocado. Repetían lo que habían oído de Pablo, pero no conocían al Cristo de Pablo.
Si meditamos con calma la Biblia, encontraremos que los casos donde alguien se enfrenta directamente al diablo o a un espíritu inmundo son escasos y podemos contarlos con los dedos de la mano. En cambio, en la cultura cristiana actual, pareciera que el diablo y los demonios son tema de todos los días, casi protagonistas de la conversación. Hablamos más de ellos que de la cruz, de la santidad o del fruto del Espíritu en nuestras congregaciones.
Esto no es casualidad: cada vez se lee menos la Biblia y se evita el discipulado serio. Es más fácil gritar “te reprendo, diablo” que someterse al carácter de la disciplina del Señor. Más cómodo “atar al enemigo” que crucificar la carne y cargar la cruz de cada día.
La Escritura nos obliga a bajar el volumen del show espiritual y a subirle el volumen a la obediencia. No encontramos a los apóstoles corriendo detrás de demonios, sino predicando a Cristo, viviendo en santidad y edificando la iglesia.
Conclusiones
La corrección es clara: la autoridad es del Señor, no de la frase. El centro es Cristo, no nuestro estilo espiritual o cuanto lo gritemos como con autoridad. Si Cristo no reina en nuestro corazón y en nuestra mente, de nada nos sirve, la guerra está pérdida desde antes. Examinémonos, con lo más básico: ¿conocemos a Cristo, nos estamos sometiendo a su Palabra y a su discipulado?
