A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. (Lucas 18:9-13, RVR1960)
Hay actitudes que nos caen mal al instante: el que siempre habla de sus logros, el que corrige a todos o aquel que hace sentir pequeños a los demás. En la iglesia también pasa: gente que presume cuánto ayuna o cuánto da. Eso es vanidad espiritual.
Jesús contó esta parábola pensando precisamente en esas personas que confían tanto en sí mismas y que suelen menospreciar a otros. El fariseo hacía cosas correctas: oraba, ayunaba, daba diezmos; pero oraba consigo mismo; al compararse, humillaba a los demás. En cambio, el publicano(1) no tenía ningún mérito ante Dios: no se atrevía ni a levantar los ojos, solo se golpeaba el pecho y pedía misericordia.
A los ojos del cielo, aquel que parecía fuerte estaba vacío; y aquel que se reconoció indigno ante Dios, salió justificado.
¿Y esto cómo aplica a usted y a mí? ¿Queremos demostrar lo que no somos a otros o reconocemos que estamos necesitados de Dios?
Dios no busca gente que se sienta superior por lo que sabe, por lo que hace o por el lugar que ocupa en la familia, en su empleo o en su iglesia. Dios se agrada del corazón que no maquilla su necesidad, que reconoce su pecado y entiende que todo se lo debe a Él.
La verdad es que no debemos aparentar ser "superhombres", sino hombres y mujeres necesitados cada día más de Dios. Es por lo que muchos de nosotros necesitamos tratar tanto con nuestro carácter soberbio y nuestro temperamento controlador.
Dios nos dice: dejen su pedestal interior, dejen de compararse o tratar de controlar a los demás, y sean más como el publicano: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. ¿Cómo lo diría hoy? ¡Dios mío, soy pecador, perdóname!
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Oremos: Señor, líbrame de la vanidad espiritual que critico en otros y que muchas veces no veo en mí. Perdóname por confiar en mis obras, en mi conocimiento o en mi servicio, y mirar por encima del hombro a los demás. Enséñame a venir a ti como el publicano: con un corazón sencillo, quebrantado y consciente de que dependo solo de tu misericordia. Que todo lo que haga para ti nazca de la gratitud y de la humildad, no del deseo de sentirme superior. Amén.
(1) El publicano era un judío que cobraba los impuestos de Roma; por eso su propio pueblo lo consideraba un traidor.
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