Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. (Salmo 95:6 RVR60)
Un día ingresé al dormitorio de mi hijo, y encontré a ún adolescente leyendo la Biblia durante cada noche. Pasó el tiempo, pero esta vez lo encontré de rodillas, a la par de su cama, orando en silencio. Eso me habló más fuerte que muchos sermones: su fe está pasando de su cabeza al corazón.
Nuestras posturas hablan. Un cuello erguido, alguien que evita la mirada... pueden revelar lo que hay en un corazón. Cómo hacemos lo que hacemos, aunque Dios lo sabe todo, expone lo que está en nuestro corazón. Pero, unas rodillas dobladas delante de Dios pueden demostrar que empiezas a rendirte. No se trata de religiosidad; se vuelve algo personal, íntimo y necesario. Todos los que hemos experimentado esto, sabemos que estamos reconociendo quién es Dios y cuál es mi lugar.
La Biblia nos invita a postrarnos, vemos hombres que se arrodillaban, y no somos la excepción delante de nuestro Creador. No porque Él necesite vernos arrastrados, sino porque nosotros necesitamos recordarle a nuestra alma que no somos el centro. Cuando me pongo de rodillas, le predico a mi propio corazón: “Tú no mandas, no eres el centro de todo, Dios es el centro de todo; no importa mi voluntad, sino la suya”.
El problema es que muchos seguimos tan “duros de cerviz” (Hechos 7:51). Oramos, cantamos, servimos, pero seguimos sin rendirnos, no podemos doblegarnos, pedir perdón, reconocer que necesitamos ayuda. No necesitamos orar bonito, pero sí con verdad. Dios escucha más esa oración sencilla de rodillas, que muchos discursos espirituales de pie.
Pienso en mi hijo, allí, de rodillas junto a su cama. No sé exactamente qué estaba diciendo, pero sí sé qué estaba confesando con su cuerpo: “Te necesito, Señor. Quiero entender, quiero tener fe, quiero ser mejor. Ayúdame”. Esa misma confesión la necesitamos todos.
---
Oremos: Señor, gracias por recordarme que mis rodillas también hablan. Perdóname cuando sigo erguido queriendo seguir en control. Enséñame a humillarme delante de ti, no por costumbre religiosa, sino porque reconozco que tú eres Dios y yo te necesito. Llévame de una fe solo de palabras a una fe que se arrodilla, se rinde y obedece. Amén.
Temas
Devocional
