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Mateo 5:4 (RVR1960) — Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
De todas las bienaventuranzas, esta es la que menos tiene sentido a primera vista: ¿bendecir a los que lloran?
Hay lágrimas que nos alejan de Dios: las que amargan, culpan a otros o nos encierran en nosotros mismos. Pero también hay lágrimas benditas, derramadas delante de Él: lágrimas de un corazón que reconoce su necesidad, confiesa su pecado y busca su guía.
Salmos 34:18 (RVR1960) — Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.
Qué bien hace llorar en la presencia de Dios. Porque allí encontramos la esperanza que solo Él puede dar. Él nos consuela, sana y restaura.
Jesús mismo lloró; por eso sabemos que las lágrimas no son el fin. Él conoce el peso del dolor, por eso cuando lloramos ante Él, podemos reconocer que Él sabe lo que es llorar.
El consuelo de Dios es más que una frase bonita; es su presencia, su perdón, su paz y la certeza de que Él está obrando aun cuando no lo vemos.
Apocalipsis 21:4 (RVR1960) — Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
Dios sigue consolando hoy; su presencia basta aun cuando aún no vemos la respuesta. Es la paz que sobrepasa todo entendimiento. Sus promesas nos sostienen y un día enjugará todas nuestras lágrimas y no habrá más dolor.
Todo lo contrario a lo que muchos piensan: jamás será inútil llorar ante la presencia de nuestro Creador. Acerquémonos a Él con nuestro dolor, para que sea glorificado en todo.
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Oremos: Señor, gracias porque no me pides fingir que estoy bien. Gracias porque te acercas al quebrantado y das consuelo al que llora. Quiero derramar mis lágrimas delante de ti con fe, reconociendo mi necesidad y esperando en tus promesas. Sostén mi corazón mientras llega tu consolación, y dame la certeza de mi salvación, porque anhelo el día en que enjugarás todas mis lágrimas. Amén.
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