La semana pasada vimos que el Espíritu Santo no energía divina como algunas creen. Es una persona divina — con mente, voluntad y emociones. Alguien que habla, que enseña, que intercede y que mora sólo en los creyentes por su fe en Cristo Jesús.
Hoy aprenderemos cómo fue la relación de Jesús con el Espíritu Santo.
Porque si el Espíritu Santo es tan importante — si es una persona divina que mora en nosotros — entonces la mejor manera de entender cómo relacionarnos con él es ver cómo lo hizo Jesús.
Y lo que encontramos en la Biblia al respecto es extraordinario: en cada momento decisivo de su vida, el Espíritu Santo estuvo allí. Sin interrupciones. Sin retirarse. Sin abandonarlo. De principio a fin.
Proposición: Necesitamos más del Espíritu Santo en nuestra vida.
1. Estuvo en su nacimiento
El Espíritu Santo no esperó a que Jesús comenzara su ministerio. Estuvo en su origen mismo.
«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.» — Lucas 1:35
La concepción de Cristo fue obra del Espíritu. Desde antes de nacer, Jesús ya estaba envuelto en su presencia.
Y cuando llegó el momento de iniciar su ministerio público:
«Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» — Mateo 3:16-17
El Padre habló. El Hijo fue bautizado. El Espíritu descendió. La Trinidad completa en un solo momento. Y desde ese instante, el Espíritu no se apartó de él.
2. Estuvo en cada una de sus pruebas
Inmediatamente después del bautismo el Espíritu llevó a Jesús al lugar más difícil:
«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.» — Mateo 4:1
No fue el diablo quien lo llevó. Fue el Espíritu Santo. Y cuando salió victorioso:
«Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea.» — Lucas 4:14
Lo acompañó en la prueba y salió en el poder del Espíritu. Y cuando llegó a Nazaret declaró algo que define todo su ministerio:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos.» — Lucas 4:18
Cada palabra que predicó fue bajo su unción. Cada sanidad fue obra suya. Incluso cuando expulsaba demonios:
«Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.» — Mateo 12:28
El Hijo de Dios operó en dependencia del Espíritu Santo en cada paso de su ministerio. No como debilidad — como realidad. Y si él lo necesitó, nosotros no somos la excepción.
3. Estuvo en su muerte y en su resurrección
Lo que ocurrió en la cruz fue un acto trinitario. El Espíritu Santo estuvo presente también allí:
«¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?» — Hebreos 9:14
Mediante el Espíritu eterno. El mismo que lo concibió, que descendió sobre él en el Jordán, que lo llevó al desierto, que ungió su ministerio — afirma que fue guiado por Él para ofrecerse como cordero de Dios.
Y tres días después, ese mismo Espíritu lo resucitó:
«Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de Cristo Jesús de los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.» — Romanos 8:11
El poder que venció a la muerte fue el Espíritu Santo. Y ese mismo Espíritu mora en usted ahora mismo.
Cierre
Jesús sabía que sin el Espíritu Santo no podríamos hacer nada. Porque para él mismo fue indispensable de principio a fin. Por eso rogó al Padre:
«Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.» — Juan 14:16
La misma persona que acompañó a Cristo de principio a fin quiere hacer lo mismo con nosotros. No de visita. Para siempre. Y no hay lugar donde usted pueda ir sin que él esté — el salmista lo confirma:
«¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.» — Salmo 139:7-8
Hemos visto como el Espíritu Santo ha sido parte de toda la vida de Jesús: en su nacimiento, en el bautismo, en cada prueba, en la cruz, en la resurrección... ¿No le parece que necesitamos más del Espíritu Santo?
Por eso Pablo, quién logró una relación con él nos advierte:
«Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.» — Efesios 4:30
Puede ser entristecido porque es una persona que siente. Necesitamos más del Espíritu Santo. No mañana, sino hoy y ahora.
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