Pasados algunos días, se secó el arroyo, porque no había llovido sobre la tierra. — 1 Reyes 17:7 (RVR1960)
Elías no había fallado. No había desobedecido. Había hecho exactamente lo que Dios le dijo: fue al arroyo de Querit, bebió de sus aguas, comió el pan que los cuervos le traían mañana y tarde. Todo perfecto. Todo en orden. Y un día, sin aviso, el arroyo se secó.
No por castigo. No por descuido. Se secó porque era tiempo de que se secara.
Hay momentos en que Dios retira lo que él mismo dio. No porque estés fallando, sino porque Dios necesita que avances. El arroyo fue suficiente para esa etapa. Cuando se secó, no fue señal de abandono — fue señal de movimiento. Dios estaba preparando algo que el arroyo no podía revelar.
El problema es que tendemos a interpretar la sequía como consecuencia. Si algo se acaba, creemos que algo hicimos mal. Pero, Elías no merecía menos agua que ayer. La obediencia a Dios no garantiza comodidad, sino dirección.
La sequía no siempre es disciplina. A veces es dirección.
¿Hay algo en tu vida que sientes que se está secando? Antes de buscar culpa donde no la hay, pregúntele a Dios en oración hacia dónde quiere moverlo. Dios no abandonó a Elías. Solo quería cerrar ese capítulo en la vida de Elías.
Los arroyos se secan. Dios nunca.
Cuando el arroyo se secó, Dios ya tenía preparada una viuda en Sarepta con un poco de harina y aceite que no se acabaría.
Nuestra fe será puesta a prueba al observar cómo el agua del arroyo comienza a secarse, y Dios guarde silencio. Sin embargo, no te muevas hasta que Él hable, pero no te desesperes mientras el agua baja.
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Oremos: Padre, confieso que cuando las cosas se acaban me asusto y busco culpables. Hoy te pido fe para entender que tú no te secas aunque se sequen mis arroyos. Que cuando pierda lo que me diste, te busque a ti antes de buscar explicaciones. Guíame al siguiente paso, muéstrame el camino que debo seguir. En el nombre de Jesús, amén.
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