Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto. (Jueces 11:30-31 RV60)
Cuando algo nos sale bien, la lengua se suelta debido al ego: el nacimiento de un hijo, ascenso en el trabajo, un reconocimiento público… y de pronto, empezamos a hablar y prometer sin pensar. En esos momentos, el corazón puede seguir centrado en uno mismo, aunque las palabras suenen muy “espirituales”.
Jefté ganó la guerra por la gracia de Dios, pero no ganó en madurez. En la euforia de la victoria prometió lo indebido: dispuso de la vida de otro y ofreció algo que el Dios verdadero jamás le pidió ni aceptaría. Su voto se parecía más a los sacrificios de los dioses paganos de Canaán que al culto santo que Dios esperaba. Jefté tenía logros militares, pero carecía del carácter y el conocimiento del Dios al que servía. ¿El resultado? Su propia hija, su única alegría, salió a su encuentro, y el guerrero se desmoronó ante su propia imprudencia.
La Biblia afirma que el pueblo de Dios es destruido por falta de conocimiento (Oseas 4:6). Cuando ignoramos quién es el Señor y cómo quiere ser honrado, nuestras promesas “aunque sean hechas a Dios” pueden ser imprudentes, inmaduras y profundamente corruptas por nuestro egocentrismo.
Nuestra excitación por lo bueno que nos ha ocurrido nos puede llevar a ofrecer lo que no conviene, y seguro terminará mal, como sacrificar tu tiempo, tu familia, tus finanzas y hasta tu testimonio por apresurado.
Hoy estamos llamados a pensar antes de prometer a Dios. Si queremos hacer promesa no la hagamos desde el impulso del momento sino de la reflexión de lo que en verdad puede agradar a Dios, oremos y si es necesario busquemos el consejo sabio. Dios no necesita votos emocionales; busca corazones sobrios que le obedezcan con amor, aun cuando nadie los esté aplaudiendo.
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Oremos: Señor, perdóname por las promesas que he hecho desde la emoción y no desde tu Palabra. Líbrame de decisiones impulsivas que dañan a otros y deshonran tu nombre. Dame un corazón sobrio, formado por el conocimiento de quién eres tú, para que cada decisión y cada promesa nazcan de la obediencia y no del ego. En el nombre de Jesús, amén.
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