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Devocional Diario: Biblia para Vivir
Proverbios 26:12 (RVR1960) ¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él.
Todo discípulo tiene algo en común: alguien le enseña. El alumno con su maestro, el hijo con su padre, el aprendiz con su entrenador. Pero tenemos un enemigo silencioso que sabotea ese proceso desde adentro: el ego de creer que ya lo sabemos todo. Nos comportamos como niños que rechazan la corrección, convencidos de que no la necesitan. Ese ego es, muchas veces, nuestro peor obstáculo.
Este proverbio lanza una advertencia incómoda: es más fácil ayudar a un necio que a un sabio de su propia opinión. Suena contradictorio, pero tiene lógica espiritual. El necio conserva una puerta abierta: puede reconocerlo y cambiar. El sabihondo, en cambio, ha cerrado esa puerta con la llave de la soberbia.
La soberbia tiene distintas máscaras que podemos ver si observamos y escuchamos detenidamente: El sabihondo corrige a todos sin aceptar la corrección de nadie. El soberbio descarta ideas ajenas no por ser malas, sino por no ser suyas. El pedante presume lo que nunca hizo. El arrogante confía tanto en su talento que deja de prepararse. El pretencioso construye una imagen que no vive por dentro. Distintas máscaras, la misma raíz: el orgullo desmedido.
Aquí está el punto que más debe inquietarnos: el mayor freno para crecer no es lo que ignoramos, sino lo que creemos ya dominar. Nadie llega lejos solo. Todos, sin excepción, hemos avanzado porque alguien nos corrigió, nos educó, nos impulsó o nos advirtió a tiempo. Aunque hayamos experimentado un poco o mucha vergüenza, no podemos negar que nos sirvió de mucho hasta hoy.
La pregunta que vale la pena hacerse hoy no es cuánto sabemos, sino qué tan dispuestos estamos a que nos digan que estamos equivocados. Esa respuesta nos dicta que tan verdadera es nuestra humildad.
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Oremos: Señor, ayúdame a ser humilde de corazón, a reconocer que no lo sé todo y a valorar la sabiduría que tú has puesto en las personas que me rodean. Amén.
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