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1 Corintios 14:7-8 Así también las cosas inanimadas que dan sonido, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción en las voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? (RVR1960)
Un instrumento no emite sonido por casualidad. Cada nota comunica algo. Lo mismo ocurre con la música. La música que escuchamos no es neutral: puede edificar el corazón o sembrar impureza, deseo, ira, desesperación y pecado.
El top mundial de las canciones más populares hoy exalta el sexo sin compromiso, el dinero, el desamor y la vulgaridad. No podemos decir que amamos a Dios y, al mismo tiempo, llenar nuestros oídos con mensajes que contradicen su Palabra.
En cierta ocasión, un joven me dijo: “Yo también quiero ser usado por Dios. Me gustaría ser como usted. ¿Qué puedo hacer?” Él me aseguró que tenía a Jesús en su corazón, pero el Espíritu Santo me llevó a preguntarle: “¿Puedes mostrarme la música que más escuchas en tu Spotify?”.
Avergonzado, aceptó. De sus diez canciones más escuchadas, solo dos eran cristianas. En ese momento entendió que no se puede pedir ser usado por Dios mientras se alimenta el corazón con lo que no le honra.
Debemos preguntarnos qué escuchamos cuando estamos enojados, tristes o cuando nadie nos ve. Ahí se revela lo que realmente alimenta nuestro corazón.
Antes de reproducir una canción, preguntémonos: ¿Esta música me acerca a Dios o me aleja de Él? Si no puedes escucharla con paz delante del Señor, no la necesitas.
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Oremos: Señor, dame discernimiento para elegir lo que escucho. No quiero seguir perdiendo la oportunidad de edificar mi alma y mi corazón con tu Palabra. Líbrame de la música que me ata y me cuesta abandonar, esa que siembra impureza, ira o desesperación en mí. Guarda a los más jóvenes y haz de nuestras vidas una trompeta clara que los llame a vivir en santidad. En el nombre de Jesús, amén.
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