Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Lucas 17:5 (RVR1960)
Había algo en ciertas personas que detuvo a Jesús en seco. No fueron sacerdotes ni teólogos reconocidos. Eran personas comunes que se atrevieron a creer de una manera que ni sus propios discípulos habían logrado.
El centurión romano no consideró necesario que Jesús fuera hasta su casa. Con una sola palabra bastaba, porque él entendía de autoridad. Jesús declaró que en todo Israel no había encontrado una fe igual (Mateo 8:8-10).
La mujer con flujo de sangre llevaba doce años enferma y había gastado todo cuanto tenía. No pidió turno ni esperó permiso. Se abrió paso entre la multitud convencida de que con solo tocar el manto de Jesús sería sana. Y así fue (Mateo 9:21-22).
La mujer sirofenicia llegó pidiendo misericordia por su hija endemoniada. Jesús la probó con palabras que habrían desanimado a cualquiera. Ella no retrocedió. Respondió con una humildad y una tenacidad que desarmó al Señor, reconociendo que incluso las migajas de su mesa eran suficientes (Mateo 15:27-28).
El ciego Bartimeo estaba sentado a la orilla del camino cuando escuchó que Jesús pasaba. La gente lo mandó callar. Él gritó más fuerte. Jesús se detuvo, lo llamó y le preguntó qué quería que le hiciera. Bartimeo no dudó ni un instante. Y recibió la vista (Marcos 10:47-51).
Cuatro historias distintas. Una sola constante: una fe que no esperó condiciones perfectas para actuar.
¿Cómo crece la fe? La Palabra es clara en dos cosas:
Primero, escuchando: la fe nace y crece al oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17). La Palabra transforma la manera en cómo vemos las cosas.
Segundo, actuando: la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17). Ora por alguien hoy. Visita a quien nadie visita. Haz ese llamado que llevas tiempo postergando. Extiende la mano aunque no sepas cómo va a resultar. Eso es fe en movimiento.
El centurión habló. La mujer tocó. La sirofenicia insistió. Bartimeo gritó. Ninguno esperó a sentirse listo ni tampoco permitió que nada detuviese llegar a Dios.
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Oremos: Señor, como aquellos discípulos, hoy te pedimos: auméntanos la fe. No la fe cómoda que solo funciona cuando todo está bajo control, sino la fe que se abre paso entre la multitud, que grita aunque la manden callar, que toca sin pedir permiso. Danos esa fe que te detiene y te maravilla y te permite hacer maravillas entre nosotros. En el nombre de Jesús, amén.
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