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«Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto». (Proverbios 3:9-10, RVR1960)
Hay algo que revela con mucha claridad lo que ocupa el primer lugar en nuestra vida: aquello a lo que le entregamos lo primero.
Cuando recibimos nuestro salario, ¿qué pensamos primero? Cuando comienza un nuevo día, ¿qué ocupa nuestra atención? Cuando tenemos tiempo libre, ¿en qué lo invertimos? Nuestras respuestas pueden mostrarnos si Dios está en el centro o si simplemente recibe lo que nos queda.
Aunque originalmente se relacionaban con la agricultura y la ganadería, el principio de las primicias nos enseña a entregarle a Dios lo primero y lo mejor de todo: «Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos».
Honrar a Dios con nuestras primicias no significa darle únicamente dinero. También implica entregarle nuestros primeros pensamientos, nuestro tiempo, nuestras decisiones, nuestros talentos y nuestras fuerzas. Significa comenzar el día buscándolo, consultar su voluntad y darle lo mejor, no aquello que queda después de atender todo lo demás.
Es lamentable que a nuestro Dios le demos sobras: las sobras de nuestra atención y de nuestro tiempo. Leemos la Biblia cuando ya estamos cansados, oramos cuando terminamos todas nuestras ocupaciones y le obedecemos solamente cuando hacerlo no nos cuesta demasiado. Sin embargo, Dios merece mucho más que una parte secundaria de nuestra vida.
Jesús dijo: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33, RVR1960).
Buscar primero el reino no significa que nunca tendremos necesidades. Significa que, aun teniendo necesidades, decidimos confiar en Dios antes que en nuestros propios recursos. Las primicias son una manera de decir: «Señor, tú eres mi fuente y no quiero vivir como si todo dependiera de mí».
Las primicias deben entregarse con la actitud correcta. No se ofrecen después de calcular cuánto sobrará o cuánto costará, sino como una expresión de reconocimiento y gratitud: todo proviene de Dios y todo depende de Él.
No damos para comprar el favor de Dios ni para obligarlo a bendecirnos. Damos porque reconocemos su bondad y porque estamos agradecidos por lo que ya hemos recibido. «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre» (2 Corintios 9:7, RVR1960).
Detengámonos por un momento y preguntémonos: ¿Dios está recibiendo lo primero de mi vida o solamente lo que me sobra?
Tal vez usted necesita entregarle nuevamente sus mañanas, su tiempo, su servicio, sus recursos o una decisión que ha estado reteniendo. No espere a tener más para comenzar a honrarlo. Entréguele hoy lo mejor que tiene y reconozca que, antes de ser dueño de sus bienes, usted es un administrador de lo que Él puso en tus manos.
Cuando Dios ocupa el primer lugar, las demás cosas comienzan a encontrar su lugar correcto.
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Oremos: Padre, reconozco que todo lo que tengo proviene de ti. Perdóname por las veces que te he dado solamente lo que me sobra. Hoy quiero honrarte con mis bienes, mi tiempo, mis decisiones y mis fuerzas. Enséñame a buscarte primero y a confiar en tu provisión. Recibe lo mejor de mi vida como una expresión de amor, gratitud y obediencia. En el nombre de Jesús, amén.
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