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Josué 6:10 (RVR1960) Y Josué mandó al pueblo, diciendo: Vosotros no gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: Gritad; entonces gritaréis.
Dios es un Dios de oportunidades, y usa cada una para perfeccionar y moldear nuestro carácter. La vida misma nos hará enfrentar varias veces el mismo conflicto hasta madurar. Especialmente aquellos conflictos que queremos evitar, vuelven a aparecer en el camino, como si Dios nos dijera: “tienes que cerrar este capítulo en tu vida”.
Israel por segunda vez había llegado a la Tierra Prometida. La primera vez, Israel reprobó; y ahora, cuarenta años después, estaba en el mismo lugar, en diferente fecha y otras personas.
Moisés ya no estaba; ahora Josué lideraba a Israel. El enemigo seguía siendo fuerte, incluso más fuerte y estaba blindado con grandes muros, pero Dios volvía a ponerlos a prueba.
Cuando leemos Josué 6:10, debería impactarnos la instrucción de Dios sobre el 'silencio' de su pueblo.
Josué recibe una extraña orden: “No gritaréis, ni se oirá vuestra voz… hasta el día que yo os diga: Gritad”. Un silencio total mientras marchaban alrededor de Jericó.
¿Puede imaginar ver a un ejército de miles marchando en silencio total, día tras día, solo acompañados con el sonido de trompetas? Probablemente también se trataba de una estrategia militar psicológica para vencer a sus enemigos.
En realidad, sabemos que fue una instrucción de amor de Dios a Israel. Él quería protegerlos una vez más de las consecuencias de la murmuración.
¿Se imagina todo lo que Israel podría haber murmurado mientras daba vueltas alrededor de Jericó? “¿cómo servirá esto para vencerlos?" "estamos perdidos” “por eso no ganamos hace cuarenta años" "si con Moisés no lo logramos, menos con Josué"...
Dios conoce el corazón de sus hijos. ¿Qué está diciendo usted ahora mismo acerca de su prueba? Él sabe de lo que somos capaces de decir cuando el miedo toma el control. Por eso llamó a su pueblo al silencio antes que hablará mal otra vez.
Muchas veces debemos guardar silencio en la batalla. No porque no tengamos nada que decir, sino por un silencio de fe. ¿Por qué? Porque Dios está obrando en su vida.
Así como Israel guardó silencio mientras rodeaba Jericó, Jesús guardó silencio ante sus acusadores y triunfó en la cruz del Calvario.
Hoy Dios le llama a practicar el silencio que viene por la obediencia: el poder del silencio de su fe.
¿Cuál es su Jericó? ¿es el mismo conflicto familiar, la misma lucha emocional, la misma presión económica o el mismo problema ministerial?
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Oremos: Señor, hoy reconozco que tengo mi propio Jericó. Tú sabes cuál es mi lucha y el miedo que tengo. No quiero perder el control. No quiero seguir hablando mal de ti, de otros o de mi situación. Perdóname por las veces que he murmurado en lugar de confiar en ti. Hoy elijo el silencio de la fe, quiero obedecer y confiar en ti: callar mis quejas, mis excusas, mis palabras de derrota y todo lo que no sirve para adorarte. Quiero escuchar la trompeta que te adora, quiero adorarte en medio del silencio. Hoy voy a adorarte en medio de todo, y sé que veré mis muros caer. ¡Aleluya! Creo que estás obrando aunque no lo vea. Ayúdame a esperar en ti para gritar mi victoria. En el nombre de Jesús, amén.
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