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Devocional Diario — Biblia para Vivir
Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu. Juan 19:30 (RVR1960)
Cada año, en la Pascua, el sumo sacerdote sacrificaba el cordero en el momento preciso establecido por la ley. Y al terminar, pronunciaba las palabras que sellaban el acto: consumado es. Era la declaración oficial de que el ritual del sacrificio había finalizado. El cordero había completado su propósito, y la sangre había sido derramada.
Lo que Israel no sabía es que durante siglos estaba recibiendo un mensaje más profundo, que aún siguen sin entender.
En ese mismo horario, hace más de dos mil años atrás, en la misma fecha de la pascua, el 14 de Nisán, mientras el sacerdote sacrificaba el cordero en el templo, moría en una cruz a las afueras de Jerusalén el verdadero Cordero de Dios. Y él desde esa cruz, sus últimas palabras fueron: consumado es. El cumplimiento profético de la Pascua.
Juan el Bautista miro venir el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo (Juan 1:29). Pedro afirmó que fuimos rescatados con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). Pablo también lo resume con precisión: Cristo, nuestra pascua, ya fue sacrificado (1 Corintios 5:7).
Cristo es el centro de todo, Él es la respuesta.
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Oremos: Señor Jesús, gracias porque consumado es, no nos hace falta nada en ti. Tu sacrificio fue completo, perfecto y suficiente. Esta semana queremos recordar con gratitud lo que hiciste en la cruz. No como un ritual, sino como quienes entienden que tu sangre cambió todo. En tu nombre, amén.
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